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Opinión
NO CULPES A LA LLUVIA
06 de Julio, 2021

#AMLO #PEMEX #Ducto

Por Pascal Beltrán del Río

(Excélsior) Ayer, en su conferencia matutina, el presidente Andrés Manuel López Obrador dio su versión sobre la ruptura de un ducto submarino de Pemex —el viernes, en el área de producción de Ku Maloob Zaap, de la Sonda de Campeche—, cuyo posterior incendio dio la vuelta al mundo en imágenes que fueron calificadas de “apocalípticas” en las redes sociales.


“Los primeros reportes que tenemos tienen que ver con una fuga de gas y de nitrógeno en un gasoducto, que con lluvia, con tormenta, con descargas eléctricas, explotó”, dijo.
Más allá de que el nitrógeno no es inflamable ni comburente —al grado de que se utiliza en extintores—, la frase del mandatario ejemplifica el reflejo de su gobierno de negar los problemas y, en caso de admitirlos, rechazar cualquier responsabilidad.


“Siempre niega todo”, aconsejan quienes creen que la verdad sólo se materializa cuando se le reconoce. La cosa es que eso da lugar a las más inverosímiles excusas. Como decir que una lluvia sobre el mar puede romper un ducto que está a 78 metros de profundidad, sobre el lecho marino, en una zona que muchas veces ha sido azotada por ciclones.  


Si hubiera querido dar una explicación técnicamente detallada y solvente, el Presidente se habría hecho acompañar ayer de personal de Petróleos Mexicanos, preparado con gráficos del ducto y la plataforma vecina. Era obvio que alguien le plantearía la pregunta en la mañanera, pues el fin de semana la información había sido ampliamente comentada.
Incluso hubiera sido buena idea dejar tranquilos a los sectores políticos estadunidenses que han expresado preocupaciones —justificadas o no— sobre la intención de compra por parte de México de la refinería de Shell en Deer Park, Texas.


Pensar que una lluvia puede causar una fuga de heptano y pentano en el mar da derecho a dudar sobre cómo reaccionaría una administración mexicana de la refinería ante el impacto de un huracán como los que han alcanzado la costa texana en años recientes, a la manera de Harvey, en 2017, y Hanna, en 2020.

   
Pero el gobierno federal es proclive a decretar que “no pasa nada”; que los problemas son exageraciones de los medios de comunicación y los “adversarios” políticos, cuyo propósito es hacerlo ver mal, y que si realmente pasa algo negativo en el país es culpa de la corrupción del pasado o, acaso, de situaciones incontrolables.


Por ejemplo, si hay apagones, fueron provocados por incendios de pastizales; si no se pudo vender el avión presidencial, es porque está muy caro; si hay desabasto de medicinas, es por la inmoralidad de las empresas farmacéuticas a las que se les quitó el negocio; si la epidemia por covid provocó más de 300 mil muertos, es porque se heredó un sistema de salud en ruinas; si alguien no se contagia del coronavirus, es porque no miente ni traiciona ni es corrupto, pero si se contagia, es porque trabaja mucho; si hay masacres, es porque los cárteles se crearon en otro tiempo; si se deprecia el peso, es porque se encarece el dólar, pero si se aprecia la moneda nacional, es gracias a la política económica del gobierno; si algo está mal es porque antes estaba peor; si los datos son negativos, es porque hay otros y no se les está tomando en cuenta; si se desploma una vía elevada del Metro y causa la muerte de 26 personas, es porque “esas cosas pasan”; si se señalan errores u omisiones de funcionarios públicos, es porque “los adversarios están muy molestos”; si el oficialismo pierde una elección, no es por rechazo de la ciudadanía, sino por “guerra sucia”; si el gobierno señala a la oposición, se le llama informar, pero si es al revés, es infundir miedo; si hay críticas, es porque hay conveniencia; si estalla la violencia, debe ser un error de apreciación porque “el país está en paz”…


El reconocimiento de los errores no es característica de este gobierno. El problema es que la realidad, tarde o temprano, pasa factura. Y los pretextos que se invocan para posponer ese pago cobran intereses altísimos.


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EXCÉLSIOR

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